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| Los talleres y su techo de cristal | -

Artículo de opinión del gerente de Altayr, Alberto Marín Martínez, publicado en la web de la asociación que por su interés reproducimos íntegro, ya que explica algunas prácticas de las aseguradoras que limitan el crecimiento de los talleres.

La compañía de seguros es el que dicta lo que tienen que cobra los que desempeñan el trabajo (los talleres)
El seguro es el que dicta lo que tienen que cobrar los que desempeñan el trabajo (los talleres)

No, no me refiero a los coches con techos panorámicos. Hablo del trabajo desempeñado por las compañías de seguros en distintos frentes para reducir sus costes y poder así librar su guerra de precios. Un trabajo titánico que comenzó hace décadas y que ahora está dando sus frutos. Para ellas, por supuesto.

El sector de la posventa ha vivido tiempos dorados. Años en los que se ganó dinero, mucho en algunos casos, reparando vehículos accidentados. Pero las aseguradoras consideraron que nos lucrábamos a su costa en lugar de por nuestro trabajo, de manera que había que reducir nuestra porción del pastel. No para repartir entre más, sino para que su trozo fuera más grande. 

¿Cómo lo hicieron?

No se trató de una medida puntual en un momento determinado, sino de un conjunto de acciones a lo largo de los años con el único objetivo de someter a los talleres a sus exigencias. Pero sin parecer que lo hacían, claro.  

Medidas o acciones que para “meros” talleres locales pasaron desapercibidas, pero que en un contexto macro cobran todo el sentido. El mejor ejemplo: el famoso acuerdo entre aseguradoras, que explicamos de manera detallada en este vídeo.

Recorte encubierto de los márgenes de los talleres

Aprovechando la crisis económica de 2010, la mayoría de aseguradoras congelaron los precios durante años porque “la cosa está muy mal”, a pesar de que seguían ganando cifras millonarias, como demostramos objetivamente en esta entrada de nuestro blog

Mientras tanto, se producía un recorte de nuestro margen de manera encubierta cuando nos exigían tener coches de cortesía, cuando nos pedían que nosotros mismos hiciéramos las peritaciones, cuando nos demandaban que recogiéramos y entregáramos los vehículos en casa de los clientes y que estuvieran limpios… Estas y muchas peticiones más sin ningún coste para ellas. Y nos tragamos el anzuelo tan hondo que aún hoy no hemos conseguido sacarlo. 

Pero lo “mejor” de todo es que las compañías aseguradoras continúan embaucando a los asegurados con estos servicios que ofrecen los talleres, que son los que asumen los costes. La jugada es, cuanto menos, maestra: el valor añadido que le ofrezco al cliente lo paga otro. 

Claro que debemos mejorar la experiencia del cliente ofreciéndole todos esos servicios, además de realizar una buena reparación del vehículo, algo que doy por sentado. Ahora bien, los costes derivados de los mismos deben imputarse a nuestra mano de obra. En caso contrario, trabajaremos para perder o, para evitarlo, trabajaremos 12 horas diarias. Y esas 4 horas de más que le robas a tu familia cada día no te las paga nadie. 

Imposición del precio de la mano de obra

Y aquí es donde topamos con el techo de cristal. En cualquier otro sector, los empresarios son libres de poner su precio de mano de obra según crea conveniente en base a sus costes, su reputación o el valor que ofrece a sus clientes. Pero en el sector de la posventa, el actor que se compromete a pagar la reparación (la compañía de seguros) es el que dicta lo que tienen que cobrar los que desempeñan el trabajo (los talleres) sin que estos puedan decir nada al respecto.

Todo esto no habría sido posible sin una de las armas más devastadoras que ha desarrollado la industria aseguradora. El “precio medio de la zona” (pongan voz de Constantino Romero y un leve eco con música dramática). Cuando nos pronuncian estas cinco palabras, parecemos conejos sorprendidos por las luces de un coche en mitad de un camino oscuro. Nuestra incapacidad para pensar con claridad hace que, finalmente, el coche nos pase por encima. 

Pero, ¿quién marca ese “precio medio de la zona”? 

Pactar precios es una práctica penada por la Ley de Defensa de la Competencia. De ahí que los talleres nunca hayan acordado bajar sus precios en masa. Porque es absurdo y por otras muchas razones. 

Entonces… ¿cómo hemos llegado a esos precios a la baja? No sabría afirmarlo con seguridad, pero lo que sí tengo claro es que, quien lo haya conseguido, debe cumplir con una serie de características, tales como: 

• Tener presencia a nivel nacional.

• Pertenecer a un reducido grupo de empresas que domine el sector.

• Disponer de una alta cualificación financiera y comercial para poder implantar estas medidas.

• Contar con una red bien estructurada para controlar cada comarca de cada provincia.

¿Alguna idea de quién podría hacer un pacto como este? 

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